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| Imagen por Liners. |
Algunos días me levanto sin voluntad de creer y siento que me inmortalizo en la quietud
y el cinismo. Estoy ciega, me siento ciega. Me invento rituales para sacudir la
inmundicia de la monotonía, la realidad; no mi realidad, ésa la dejo
quietecita. Luego me miro (de otro modo que en un espejo) a través de otras mil
caras y repito en voz baja lo que no creo en la cotidianidad y sí en el resquicio
de alguna voluntad incierta.
Lo
inútil y lo complejo se amotina en una histeria desbocada que se encarcela en monosílabos
y miradas a la nada. Ya no creo en la movilidad, en “huir”: ¿para qué? Uno
termina exhausto y el contexto intacto; es una burla. Los abismos están saturados de lo común
y burdo, lo convencional. El mundo es para bizarros, al fin y al cabo.
Las verdades, los hechos, las palabras que son enteramente razonables me llevan a contradicciones; y me abandono ahí, en lo incierto.

sencillamente, genial!
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