No sé
calcular el tiempo, ni el número de miradas que concentré en ella; hubiera sido
inútil de todas formas, inútil como fotografiar el tiempo. Todo había sido
como una lenta caída de hojas durante el otoño; después sólo quietud e
inmovilidad; finalmente, muerte y olvido. En el fondo, la calidez que me
brindaba cada vez que la miraba me decía que ya había pasado por esto; algún
momento, en alguna vida, que atesoraba con desbocado frenesí. La extrañeza que
se renovaba cada día al mirar el cuadro me condenaba a la inmortalidad, a morir
en lo incierto, en lo intangible. Me exilió de la vida, de mí cuerpo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario